El que algo quiere algo le cuesta
En 2014 decidí irme a estudiar a Córdoba gracias a una beca Erasmus. Fue mi primera experiencia en el extranjero de larga duración. Allí cursé Filología Hispánica y algunas asignaturas de historia junto con los estudiantes nativos. No fui la única extranjera, pero todos—y mis compañeros que estudiaron conmigo pueden confirmarlo—afrontábamos los estudios con mucha dedicación.
Si alguien cree que los estudiantes de Erasmus solo salen de fiesta, puedo asegurar que no fue mi caso. Creo que nunca había estudiado tanta sintaxis española como en la Facultad de Filosofía y Letras en Córdoba en aquella época. El examen duró cuatro horas, es decir, 240 minutos y aun así me faltó tiempo (sin exagerar). A muchos estudiantes nativos les costaba aprobarlo, pero yo estaba convencida de que todo esfuerzo vale la pena y me comprometí seriamente con el estudio. Me estuve preparando para este maldito examen (perdonadme) durante los seis meses que pasé en Córdoba.
En junio llegó el momento de la verdad. El calor era insoportable. Con una buena nota media conseguí aprobar todos los exámenes, incluida la sintaxis. Sin embargo, librarme de este diabólico examen, no habría sido posible sin la ayuda de un profesor que años más tarde se convirtió en un buen amigo. (¡Muchas gracias, Javier!) Siempre se esforzó por ayudar a todos los estudiantes, especialmente a los que éramos extranjeros y decidimos estudiar codo a codo con los filólogos nativos. (Al final del día nos tomábamos la asignatura como un reto personal y no como una condena.) Ponía mucho empeño en animarnos y guiarnos durante todo el proceso. Un gran profesor.
A lo largo de mi carrera me he cruzado con varios grandes profesores y profesoras, tanto en España como en mi país, Eslovenia, en la Facultad de Filosofía y Letras de Ljubljana, si soy precisa. Cada uno de estos educadores dejó una huella en mí. Pero a pesar de toda esta trayectoria profesional—años de estudio, noches sin dormir y fines de semana ocupados—nunca he dejado de formarme también por mi cuenta. Aprender no es un destino, es un camino, un proceso. En la vida nunca dejamos de aprender. O, por lo menos, no deberíamos. Quien se conforma con lo que ya sabe está condenado a fosilizarse en el tiempo, a no evolucionar.
Volviendo al tema, hubo momentos duros, pero me guiaba el amor por la lingüística y la literatura. Hoy en día puedo decir que agradezco haberme esforzado tanto en aquella Córdoba lejana de temperaturas infernales (en verano suben hasta los 45 grados), porque me ayudó a comprender en profundidad la sintaxis española. Y, por consiguiente, también la eslovena, ya que ahora puedo aplicar con mayor eficacia ciertos paralelismos entre ambos idiomas al enseñar esloveno.

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